CONVERTIR EL DESIERTO
Me incomodaba esa soledad vergonzante que me había sentado en aquella silla para atender una historia que no me importaba en lo más mínimo. Quise levantarme, improvisar una excusa. Por último me propuse odiar a la vieja o, al menos burlarme de ella. ¿Consideraba un privelegio pasar inadvertida? Privilegio que yo paleada como un bocado de mierda, esa mierda que de a poco me fue cubriendo y arropando. Era tan difícil preparar la previsible taza de té, embolsar mi salario, exudar aburrimiento y un asco sostenido por esa conmiseración que sentía por mí, y ahora por la anciana.
Ella continuaba con su cátedra:
-Persigo en cada cosa -decía- una especie de luz, de claridad meridiana, y la persigo hasta que las cosas me lo permitan.
Yo, por el contrario, había vivido en la oscuridad uniforme, detenido en el conocimiento de que no llegaría a nada. Me lo dijeron: no habría una segunda vez.
-Tengo una carpeta con mis trabajo.¿Quier verlos?
Antes de que asintiera, la anciana sacó la carpeta y me advirtió que había incluido unas pocas fotografías de cada una de las etapas de su obra. Las primeras páginas contenían varias tomas de collages hechos con trapos sobre telas terminadas al óleo y una serie de papeles recortados con un toque a punta de pincel. Luego, había algunas pinturas geométricas al óleo y miniaturas de acuarela. Más adelante, aparecían figuras emergiendo del fodo y arrinconándose contra uno de los ángulos, como honrando un tributo al vacío. Eran simples. en apariencia, ingenuas, pero provocaban una fisura en el plano y la impresión de que se podía alcanzar cierta realidad íntima o ahondar en ella. Observé que las figuras, además de armar una trama de espacio inmóvil e inacabable, suscitaban una suerte de belleza en la precariedad.
-Me gustan -comenté sin levantar la vista, un tanto conmovido.
-La vida es muchas veces un desierto ¿verdad? -dijo, como si retomara un conversación pendiente-.Generalmente suele ser insatisfactoria. Para mí la pintura es un medio de convertir el desierto.
Miré a la anciana a los ojos, quizás era una charlatana ocasional, una pobre maestra jubilada, una pintora en ratos de ocio, una del montón y, no obstante había concitado en mí un sentimiento más inquietante que el odio, una emoción que, de inmediato, trabé y contuve.
Dejamos la cafetería y empredimos juntos el gran viaje a la estación. Ella parecía cansada y alcanzó a subir al tren con esfuerzo. Ambos nos refugiamos en atender lo que la ventanilla y las paradas deparaban; en realidad, sus propios pensamientos.
Quería reservar para alimentar el repentino y floreciente deseo de empezar nuevamente.
Ella continuaba con su cátedra:
-Persigo en cada cosa -decía- una especie de luz, de claridad meridiana, y la persigo hasta que las cosas me lo permitan.
Yo, por el contrario, había vivido en la oscuridad uniforme, detenido en el conocimiento de que no llegaría a nada. Me lo dijeron: no habría una segunda vez.
-Tengo una carpeta con mis trabajo.¿Quier verlos?
Antes de que asintiera, la anciana sacó la carpeta y me advirtió que había incluido unas pocas fotografías de cada una de las etapas de su obra. Las primeras páginas contenían varias tomas de collages hechos con trapos sobre telas terminadas al óleo y una serie de papeles recortados con un toque a punta de pincel. Luego, había algunas pinturas geométricas al óleo y miniaturas de acuarela. Más adelante, aparecían figuras emergiendo del fodo y arrinconándose contra uno de los ángulos, como honrando un tributo al vacío. Eran simples. en apariencia, ingenuas, pero provocaban una fisura en el plano y la impresión de que se podía alcanzar cierta realidad íntima o ahondar en ella. Observé que las figuras, además de armar una trama de espacio inmóvil e inacabable, suscitaban una suerte de belleza en la precariedad.
-Me gustan -comenté sin levantar la vista, un tanto conmovido.
-La vida es muchas veces un desierto ¿verdad? -dijo, como si retomara un conversación pendiente-.Generalmente suele ser insatisfactoria. Para mí la pintura es un medio de convertir el desierto.
Miré a la anciana a los ojos, quizás era una charlatana ocasional, una pobre maestra jubilada, una pintora en ratos de ocio, una del montón y, no obstante había concitado en mí un sentimiento más inquietante que el odio, una emoción que, de inmediato, trabé y contuve.
Dejamos la cafetería y empredimos juntos el gran viaje a la estación. Ella parecía cansada y alcanzó a subir al tren con esfuerzo. Ambos nos refugiamos en atender lo que la ventanilla y las paradas deparaban; en realidad, sus propios pensamientos.
Quería reservar para alimentar el repentino y floreciente deseo de empezar nuevamente.
